Luis Abinader ha hecho algo que no se ve todos los días en la política dominicana: ha convocado a los expresidentes de la República a una reunión de alto nivel para tratar el tema de Haití. No es poca cosa. Y no por la foto que pueda salir de ahí, sino por lo que representa simbólicamente sentar en una misma mesa a quienes han dirigido los destinos del país, con todas sus diferencias, egos, heridas y cuentas pendientes.
La crisis haitiana ya dejó de ser un problema del otro lado de la isla. Hace rato que estamos dentro de ella. Lo que pasa en Haití es, de algún modo, una amenaza constante para nosotros: en seguridad, en economía, en soberanía. Y por eso, al menos desde el punto de vista institucional, la iniciativa del presidente Abinader merece atención. Pero no es inocente. La política nunca lo es.
Convocar a los expresidentes puede leerse como un acto de madurez o como una jugada maestra. Puede ser ambas cosas a la vez. En el plano local, Abinader proyecta que gobierna con altura, que está por encima del pleito chiquito, que no le teme a la sombra de quienes fueron sus adversarios. En el plano internacional, manda un mensaje: “en República Dominicana hay unidad de Estado ante la crisis haitiana”. Y eso le conviene. Sobre todo cuando busca apoyo y legitimidad internacional para sostener una frontera que ya no se contiene con discursos.
Ahora bien, también hay que mirar cómo se responde a ese llamado. Leonel Fernández, con la cintura política que lo caracteriza, dijo que irá a la reunión, pero que no será “vagón de cola de nadie”. Frase corta, directa, pero cargada de intención. Lo que está diciendo es que él va, sí, porque el tema lo merece, pero no se va a dejar utilizar. No va a prestarse a que lo pongan en una foto que parezca respaldo automático. Va, pero con su voz propia.
Danilo, hasta el momento, no se ha pronunciado claramente, aunque su presencia sería clave. Hipólito, con su estilo llano y patriótico, probablemente será el primero en llegar. Pero más allá de los rostros, lo que está en juego es si podemos, como país, construir una política de Estado que trascienda el inmediatismo electoral.
Y tiene razón Leonel. Porque no todo lo que se presenta como diálogo es neutral. En política, hasta una silla tiene intencionalidad, hasta el más mínimo detalle comunica. Y si la reunión termina siendo una puesta en escena para proyectar unidad donde no la hay, el país habrá perdido una oportunidad valiosa.
Sin embargo, yo quiero quedarme con la posibilidad de que esta sea una señal de algo más grande. Que este encuentro sea un punto de partida para una política de Estado frente a Haití. Que se entienda que el país necesita una línea sostenida y coherente, no importa quién esté en el poder. Que se trace una ruta donde se combine diplomacia, defensa, presión internacional, pero también una visión humanitaria responsable, porque ignorar la tragedia haitiana no va a salvarnos de sus consecuencias.
Esto no es nuevo en el mundo. En Sudáfrica, Mandela entendió que para hacer la transición debía sentarse incluso con sus antiguos enemigos. En Colombia, en medio del proceso de paz, Santos buscó respaldo de los expresidentes, aunque pensaran distinto. En Costa Rica, existe una tradición de consulta nacional con figuras pasadas. Aquí no tenemos eso. Aquí, si no es para competir o para atacar, no se sientan. Y ya es hora de cambiar eso.
Si algo puede salir verdaderamente valioso de esta reunión es que se conforme un consejo permanente de asesoría estratégica. Que los expresidentes, exvicepresidentes y figuras que ya pasaron por el poder —y que aún gravitan con peso propio— den el paso hacia un rol de orientadores del Estado. Que ya no estén en el ruedo electoral buscando protagonismo, sino que se conviertan en guías, en consejeros, en referentes de experiencia para las nuevas generaciones políticas. Sin bandería, sin parcelas, sin propaganda. Solo con la mirada fija en la República.
Yo creo en eso. Creo que necesitamos crear una cultura de asesoría de Estado donde la experiencia no se deseche ni se encierre en el ego. Lo ideal sería que los que ya saben cómo se hace, enseñen a los que vienen cómo no se debe hacer. Y si hay un tema donde esa madurez es urgente, es este. Porque con Haití no hay espacio para la improvisación ni para el cálculo pequeño. Aquí lo que está en juego es la estabilidad de toda una nación.
Y para entender el valor de ese gesto —de reunir voces distintas por un bien común— vale recordar lo que Mario Vargas Llosa planteó en La Fiesta del Chivo. En esa novela, donde la política es teatro, ambición y memoria, se deja claro que cuando el poder se vuelve una empresa de vanidades, los países se hunden en la repetición de sus errores. Vargas Llosa no solo narra una dictadura; disecciona cómo los actores que sabían lo que debía hacerse prefirieron callar o jugar a favor de sus intereses. Y ese silencio colectivo es el que acaba costando más caro.
Aquí todavía estamos a tiempo de no repetir ese error. Luis Abinader, con esta convocatoria, ha abierto una puerta: una invitación a escribir una nueva historia. Ahora falta ver si los demás la cruzan con la intención de construir y no de figurar. Si lo hacen, podríamos estar ante algo más que una reunión. Podríamos estar presenciando el inicio de una nueva forma de hacer política en República Dominicana: con diferencias, sí, pero con altura; con crítica, pero también con visión de país.
Y si de esa mesa no sale nada más que una foto, que al menos sea una foto que sirva de recordatorio de lo que sí pudimos hacer… y no hicimos.



