Habré leído la novela de Juan Carlos Onetti, Los adioses, hará cosa de 40 y tantos años, la historia de un solitario hombre que se muda a un pueblo montañoso para internarse en un sanatorio para tuberculosos, su contacto con el mundo son las cartas que recibe, ya que no se integra a la comunidad del sanatorio.
Inevitablemente, con la partida de seres queridos, figuras relevantes o tragedias como la del Jet Set, viene a mi memoria el título de esa obra, el contraste entre quienes tienen oportunidad de organizar su partida y quienes por el contrario tienen una despedida abrupta.
Este abril, ha sido particularmente doloroso, cuando la tragedia arrancó de pronto 232 almas al desprenderse el techo de una discoteca que desafiaba todo pronóstico, al convertirse en centro de diversión por excelencia de la capital dominicana, por más de medio siglo.
La muerte del querido artista Rubby Pérez, admirado por sus condiciones vocales, por su don de gentes y trayectoria de éxito, de importantes figuras de la banca, peloteros, gente joven y gente vieja, familias enteras acongojadas por la pérdida de seres queridos, nos sumieron en el profundo dolor que tocó cada rincón del país y del mundo, ante tantos adioses abruptos, sin aviso.
El mundo de las letras fue sacudido con la partida, en su país natal, Perú, del laureado escritor Mario Vargas Llosa, ganador del premio Nobel, del Cervantes y de innumerables premiaciones, miembro de la Real Academia de la Lengua y de la Academia Francesa, un icono del Boom latinoamericano.
A pesar del desencuentro por sus duros comentarios a la sentencia del Tribunal Constitucional, 168-13, Vargas Llosa, fue siempre querido y respetado en el país, tuvo una clara identificación con los dominicanos a lo largo del tiempo y su genio literario lo convirtió hace tiempo en una figura fundamental de la literatura.
Y sigue abril, ahondando el dolor de los adioses, ahora con la partida del papa Francisco, el sacerdote jesuita, que se convirtió en el primer latinoamericano en asumir el trono de Pedro.
Francisco, estableció su impronta en el catolicismo, por su sencillez, que inauguró al nombrarse en honor a San Francisco de Asís, por rechazar muchos de los símbolos de opulencia, tradicionales del papado y por su labor pastoral siempre cercana.
Pero sobre todo por asumir con vehemencia su lucha coherente por los pobres, su defensa de los inmigrantes, en momentos en que en casi todo el mundo hay una aptitud de preocupación y rechazo, y, por asumir posturas con temas espinosos y actuales, su firme condena a los abusos sexuales cometidos por sacerdotes a lo largo del tiempo, la acogida a la comunidad LGBTQ, la participación de la mujer en instancias del gobierno Vaticano, las guerras, en Ucrania, Israel y otros puntos del mundo.
No es necesario compartir todos los puntos de vista de Francisco para reconocer que su labor ha sido, más que trascendente, para el mundo y para la iglesia.
Abril avanza, con una pesada carga de adioses, con el signo de la muerte en tantas esquinas de la vida, en tantos lugares del planeta, obligándonos a reflexionar, sobre el destino, sobre la fragilidad de la vida, sobre el inmenso poder del amor que se manifiesta en tantos momentos de la vida común, y sobre el ejemplo que dejan quienes hacen de su existencia, testimonio del mensaje de Dios.
Que tantos adioses, nos estimulen a ser mejores seres humanos.



