A pocos pasos del Mercado Modelo, en plena Avenida Mella, decenas de hombres y mujeres se ganan la vida entre colores y aromas, dedicándose al oficio de floristas. Esta actividad, que forma parte del paisaje tradicional del centro histórico de Santo Domingo, se mantiene viva pese al paso del tiempo y los cambios del entorno urbano.
Cada día —excepto los domingos— camiones provenientes de Constanza, una de las principales zonas agrícolas del país, llegan temprano en la mañana cargados de flores frescas. Rosas, girasoles, claveles, gladiolos y crisantemos inundan con su fragancia los improvisados puestos de venta ubicados sobre aceras y esquinas, en medio del bullicio citadino.
Desde temprano, compradores de todos los sectores se acercan para adquirir flores con fines religiosos, conmemorativos o decorativos. Ya sea para colocar en altares, llevar a cementerios o regalar en ocasiones especiales, las flores de la Avenida Mella siguen siendo una opción popular por su variedad, calidad y precios accesibles.
“El trabajo de florista aquí tiene décadas, lo aprendimos de nuestros padres y muchos lo han heredado de generaciones anteriores”, relata doña Elvira, una de las vendedoras más antiguas del lugar. Como ella, muchos ven en este oficio no solo un medio de sustento, sino también una tradición cultural profundamente arraigada.
Pese a la informalidad de muchos puestos y a la falta de condiciones óptimas de infraestructura, el negocio se sostiene gracias a la fidelidad de los clientes y la constancia de los vendedores. Para algunos, representa la única fuente de ingresos de sus hogares.
Aunque el entorno ha cambiado con los años —construcciones, modernización de otras zonas y la competencia de florerías formales— el oficio de florista en la Avenida Mella no da señales de desaparecer. Por el contrario, sigue siendo símbolo de resistencia económica y cultural en la capital dominicana.



