Machado llegó al ala oeste vestida de blanco impoluto, cargando no solo las esperanzas de millones de venezolanos, sino un gesto que ha desatado todo tipo de comentarios: la entrega de su medalla del Premio Nobel de la Paz a Trump. Comparando el acto con el regalo que Lafayette le hizo a Simón Bolívar, la líder opositora intentó amarrar el compromiso del magnate con la «libertad total».
Pero mientras Machado hablaba de democracia en las escaleras del Capitolio, en el Despacho Oval todavía resonaban los ecos de la llamada telefónica del día anterior. Trump, fiel a su estilo indescifrable, calificó a Delcy Rodríguez como una mujer «estupenda» y «fantástica», asegurando que Estados Unidos y Venezuela «se están llevando muy bien».
El olor a petróleo pesa más que las promesas
La realidad es que, tras la captura de Nicolás Maduro, el interés de Trump parece haberse desplazado de las urnas a los pozos petroleros. Con planes de inversión que superan los 100,000 millones de dólares y reuniones confirmadas con los «pejes gordos» de la industria petrolera, el mandatario estadounidense parece preferir la «estabilidad» que le ofrece el control actual en Caracas sobre la incertidumbre de una transición liderada por la oposición.
«Ella es amable, pero no tiene apoyo en su país», llegó a decir Trump sobre Machado hace apenas unos días, una puñalada por la espalda que la líder intentó sanar hoy con su visita personal.
¿Héroe o negociante?
Para los analistas, la jugada de Trump es clara: mantiene a Machado como un símbolo para su base electoral en Florida, mientras negocia directamente con quienes tienen las llaves de la infraestructura energética en Venezuela.
La pregunta que queda en el aire tras este almuerzo privado es amarga: ¿Fue la visita de Machado un paso real hacia la transición, o simplemente una foto decorativa mientras Trump cierra el negocio del siglo con los herederos del chavismo?



