Durante meses, el mundo observó con preocupación la creciente tensión en el Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo y gas que consume la economía mundial. El conflicto entre Irán y la alianza impulsada por Estados Unidos e Israel reavivó los temores sobre el cierre de este corredor energético, provocando incertidumbre en los mercados y elevando los costos de numerosos productos esenciales.
Aunque el tráfico marítimo comienza a recuperar cierta normalidad y los precios del petróleo han mostrado señales de descenso, las consecuencias económicas de la crisis han dejado ganadores y perdedores claramente definidos.
Entre los principales beneficiados se encuentran las grandes compañías petroleras occidentales. La volatilidad de los mercados les permitió vender su producción a precios más elevados y aumentar sus márgenes de ganancia en la refinación de combustibles, especialmente en el diésel y el queroseno, productos cuya escasez temporal impulsó significativamente sus precios. De igual forma, varios países productores de petróleo ajenos al Golfo Pérsico aprovecharon el escenario para incrementar sus ingresos energéticos e incluso elevar sus niveles de producción.
Sin embargo, detrás de estas ganancias extraordinarias se esconde una realidad mucho más compleja y preocupante. Los países del Sur Global han cargado con la mayor parte de los costos derivados de la crisis. El aumento de los precios energéticos impacta directamente en el transporte, la producción industrial y, especialmente, en la agricultura. No debe olvidarse que alrededor del 30 % del comercio mundial de fertilizantes depende de las rutas que atraviesan el Estrecho de Ormuz.
Cuando los fertilizantes aumentan de precio, la producción agrícola se encarece, los alimentos se vuelven menos accesibles y millones de familias vulnerables enfrentan mayores dificultades para satisfacer sus necesidades básicas. Según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las consecuencias de la guerra y de una posible interrupción prolongada del comercio por Ormuz podrían empujar a decenas de millones de personas hacia la pobreza.
Esta situación pone de manifiesto una realidad recurrente en los conflictos geopolíticos contemporáneos: mientras algunos actores económicos encuentran oportunidades para aumentar sus beneficios, las poblaciones más vulnerables terminan pagando el precio más alto. La crisis de Ormuz no solo fue una disputa estratégica por el control de una ruta marítima; también se convirtió en un recordatorio de cómo las tensiones internacionales repercuten directamente en la vida cotidiana de millones de personas que se encuentran a miles de kilómetros del conflicto.
La pregunta que deja este episodio es tan sencilla como inquietante: ¿puede considerarse una victoria cuando las ganancias de unos pocos se construyen sobre el empobrecimiento de millones? En el caso de Ormuz, la respuesta parece cada vez más evidente.



