Aunque algunos lo dudan, el pueblo dominicano ha avanzado y uno de los aspectos donde más lo ha hecho es en la conciencia medioambiental. A mí me ha tocado ser testigo de excepción y partícipe de la lucha por preservar Los Haitises, Loma Miranda y otros espacios naturales que forman parte no solo de nuestra riqueza ecológica, sino también de nuestra identidad como nación. Hoy día, a propósito de GoldQuest y el proyecto Romero en San Juan, esa lucha se reactivó y, si bien es cierto que la industria minera provee materiales que son necesarios para la vida moderna, tiene razón el pueblo cuando dice que el agua vale más que el oro.
La minería aporta significativamente a la economía dominicana. Según datos oficiales, el sector representa alrededor del 2 % del Producto Interno Bruto y genera miles de empleos directos e indirectos, además de importantes ingresos fiscales y exportaciones millonarias. Materiales extraídos de la minería están presentes en celulares, computadoras, vehículos, hospitales, carreteras y hasta en tecnologías vinculadas a energías renovables. Negar esa realidad sería irresponsable.
De ahí que para el futuro y en lo adelante no debe haber dudas: sin licencia social no se debe tocar nada. Ningún proyecto, por rentable que parezca, puede imponerse de espaldas a la población. El desarrollo no puede construirse únicamente desde los escritorios técnicos o las proyecciones económicas; necesita legitimidad social y confianza ciudadana.
Y es que el pueblo tiene frescas malas experiencias. El caso de la explotación de la mina Rosario Dominicana, en Pueblo Viejo, Cotuí, dejó mucho que desear. Durante años, comunidades denunciaron contaminación ambiental, afectaciones a ríos y pasivos ambientales que todavía hoy forman parte del debate público. Aunque la minería generó riquezas importantes, muchos sienten que los beneficios no compensaron los daños ambientales y sociales percibidos por las comunidades. También es cierto que hoy existen técnicas modernas, regulaciones más estrictas y tecnologías de remediación ambiental que permiten reducir impactos y recuperar zonas afectadas, algo que décadas atrás era mucho más limitado. Pero precisamente por esas experiencias del pasado, la población exige garantías reales, supervisión permanente y transparencia absoluta.
Por eso hay que entender al pueblo cuando con razón dice que el agua vale más que el oro. Porque el oro puede enriquecer momentáneamente a una nación, pero el agua sostiene la vida, la agricultura, la salud y el futuro de generaciones enteras. Y cuando se trata de preservar la vida, la prudencia nunca será exagerada. ¡Bravo por el pueblo dominicano! No hay oro que valga si compromete el futuro.



