Por un instante, dejemos de lado el folclorismo de la «mata de palma», los debates bizantinos de la bienal, las justificaciones superficiales y las críticas huecas que saturan medios y plazas públicas. Dejemos a un lado, aunque solo sea por cortesía intelectual, las clases magistrales de economía que brindan el presidente o el exministro de economía, y concentrémonos en lo que verdaderamente importa: la política.
La política, esa ciencia inexacta y compleja, en República Dominicana ha sido transformada más por su utilidad como autopista hacia la impunidad, el clientelismo y la riqueza sin trazabilidad, que por sus virtudes filosóficas o su compromiso con el bien común. Este fenómeno ha marcado la historia del país y se refleja en una dinámica en la que los intereses particulares a menudo prevalecen sobre el interés colectivo.
A lo largo de los años, la política dominicana ha sido escenario de discursos grandilocuentes que esconden vacíos de contenido y promesas difíciles de cumplir. Los debates que podrían servir para iluminar decisiones públicas se diluyen en polémicas superficiales, mientras que la gestión de los recursos y la transparencia quedan relegadas a un segundo plano. La consecuencia es una ciudadanía escéptica, crítica y, a veces, desencantada, que observa cómo la política se convierte en espectáculo y estrategia de poder, más que en herramienta de transformación social.
Sin embargo, reconocer estas fallas no significa negar que la política también puede ser un espacio de cambio real. La historia del país demuestra que, cuando existen líderes con visión, ética y compromiso, es posible transformar instituciones, fortalecer la democracia y generar políticas que beneficien a la mayoría. La pregunta entonces es cómo mover la política dominicana del folclor y la impunidad hacia la seriedad, la responsabilidad y el servicio público genuino.
El reto es doble: por un lado, los políticos deben asumir la responsabilidad de actuar con transparencia, rendición de cuentas y enfoque en el bien común. Por otro, los ciudadanos y la sociedad civil tienen la tarea de exigir mayor seriedad, participar activamente y construir mecanismos que limiten el clientelismo y la corrupción. Solo así la política dejará de ser vista como un atajo hacia privilegios personales y se convertirá en un verdadero instrumento de desarrollo.
En definitiva, dejar atrás las superficialidades y concentrarse en lo esencial —la gestión pública, la transparencia y el liderazgo responsable— es un paso necesario para que la política dominicana recupere su prestigio y su propósito. La verdadera ciencia de la política no está en los discursos vacíos ni en el folclor mediático, sino en la capacidad de generar cambios tangibles, inclusivos y duraderos que beneficien a toda la sociedad.



