La década de los 80 fue especialmente generosa con el cine de terror. Entre monstruos, asesinos sobrenaturales y toda clase de criaturas, las producciones del género competían por conquistar a un público cada vez más acostumbrado a los sustos y a los efectos especiales.
En ese escenario, sobresalir no era una tarea sencilla, especialmente para las películas de vampiros, que también experimentaban una importante transformación. Sin embargo, «The Lost Boys» (1987) consiguió destacarse gracias a una combinación de personajes carismáticos, una identidad visual muy particular y el estilo del director Joel Schumacher.
Estrenada el mismo año que «The Monster Squad«, otra aventura juvenil relacionada con los monstruos clásicos, «The Lost Boys» apostó por una propuesta más provocadora y orientada a los adolescentes. Su principal atractivo no consistía únicamente en presentar vampiros peligrosos, sino en convertirlos en figuras seductoras, rebeldes y modernas.
El resultado fue una película que capturó buena parte de la cultura juvenil de su época y que, casi cuatro décadas después, continúa siendo uno de los ejemplos más representativos de lo que significaba ser cool en los años 80.
Una ciudad con secretos sangrientos
La historia comienza cuando Lucy Emerson (Dianne Wiest), recientemente divorciada, se muda con sus hijos Michael (Jason Patric) y Sam (Corey Haim) a Santa Carla, un pueblo costero de California donde vivirán con su excéntrico abuelo (Barnard Hughes).



